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Vie, Jun

Territorializar la soberanía alimentaria. Prácticas feministas en el sur de México

volúmen 36, número 1
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Hablar de territorio, feminismo y soberanía alimentaria implica destacar tanto el posicionamiento geográfico como las experiencias vividas desde los cuerpos como mujeres en relación con los territorios que habitamos, ya que esta relación da forma a la construcción de conocimientos y prácticas concretas ligadas a la alimentación, la agricultura y a todo lo que se teje alrededor de estos aspectos para cuidar la vida.


Mujeres agroecólogas mexicanas con raíces y rizomas

La visión de la agroecología desde los pueblos insiste en la soberanía alimentaria y las mujeres en los grandes movimientos indígenas y campesinos, especialmente del Sur Global, han apostado por ampliar el horizonte de este anhelo, señalando como aspecto fundamental la defensa del territorio ligada a la defensa de quienes lo habitan: las personas, la fauna, la flora y los bienes comunes como las semillas, las fuentes de agua y los bosques, entre otros. Además, las mujeres que luchan en América Latina hacen énfasis en hacer de los territorios lugares libres de violencia contra sus cuerpos para poder reproducir la vida en sus comunidades sin discriminación, exclusión, despojo y empobrecimiento. En ese sentido, consideramos que, como mujeres de estos territorios, podemos continuar nutriendo estos aportes.

En primer lugar nos interesa situarnos y nombrarnos: somos mujeres con raíces frodescendientes e indígenas; hablamos desde Chiapas y Oaxaca, donde vamos tejiendo experiencias y diálogos que derivan en rizomas de análisis colectivos y plurales con otras mujeres de distintas geografías y generaciones, destacando las experiencias campesinas, indígenas, morenas, migrantes y de barrios populares. A su vez, participamos en redes como la Alianza de Mujeres en Agroecología (AMAAWA) y la Red de Creadoras Investigadoras y Activistas Sociales; la primera conformada por mujeres jóvenes de México; la segunda, un colectivo en construcción desde 2018 donde confluyen miradas diversas de más de 50 mujeres estudiantes, investigadoras, integrantes de organizaciones sociales, feministas, agroecólogas de América Latina y el Caribe, así como de Estados Unidos y Europa. Hablamos desde la primera persona del plural en femenino: nosotras, reconociendo la heterogeneidad que esta implica por el complejo entramado del género, la raza, la etnia, la clase, la edad, el estado civil, el estatus migratorio y la orientación sexual.

A continuación, narramos cómo vamos sentipensando y haciendo la agroecología desde nuestra insistencia y resistencia para hacer frente al silenciamiento y al borramiento de nuestros aportes teóricos y políticos como feministas antirracistas enfocadas en construir sociedades a favor de la sostenibilidad de la vida (Trevilla y Peña, 2019).

Sentipensar el territorio

El territorio, en un sentido integrador, implica reconocer que los grupos humanos no existen sin estar situados en un espacio y un tiempo; a su vez, implica reconocer que territorializar es una práctica constante e inacabada que va construyendo significados a través de símbolos, normas, organización, cultura, interacciones con el entorno natural y entre las personas, así como tomando en cuenta las distintas formas de vivir, sentir y habitar (Haesbaert, 2011).

Actualmente el espacio rural es territorio en disputa debido a los distintos intereses de la agroindustria, que considera la tierra y los alimentos como mercancía, y a las personas como fuerza de trabajo barata para generar excedentes, acortar plazos e incrementar ganancias. Las grandes empresas y organismos internacionales impulsan reformas en los Estados nacionales para facilitar la promoción y aplicación de paquetes tecnológicos, los mismos que más recientemente se combinan con la implementación de proyectos extractivos en nombre del desarrollo económico.

Ante este panorama, las mujeres de América Latina han protagonizado luchas contra los megaproyectos y la agricultura industrial, mientras resisten desde la agricultura campesina y la conservación de los bienes comunes (Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo, 2017). Sus prácticas y análisis nos inspiran a aportar lo que consideramos aspectos fundamentales para comenzar a abordar la territorialización feminista de la soberanía alimentaria, a saber:

  1. El concepto territorio-cuerpo-tierra como un entramado que significa que somos cuerpos arraigados a territorios; por lo tanto, lo que pase en los cuerpos afecta a los territorios y viceversa.
  2. El sentipensar como aporte en la construcción de los conocimientos, lo que implica valorar y reconocer los afectos, las emociones, las relaciones humanas y con la naturaleza, presentes en todos los procesos que van configurando el territorio-cuerpo-tierra (Cabnal, 2010).
  3. El reconocimiento de que las mujeres indígenas, campesinas, morenas y afrodescendientes aportan a la teoría, la política, la economía y la defensa del territorio.
  4. La valoración del cuidado, es decir, de todos aquellos procesos –hasta ahora realizados mayormente por las mujeres debido a la construcción tradicional del género– que los cuerpos destinan para garantizar la reproducción de la vida y que implican energía psíquica afectiva, trabajo físico y gestión de relaciones interpersonales que sin duda son indispensables para procurar las condiciones materiales y simbólicas a favor de la agroecología y la soberanía alimentaria en los territorios.

Desde esta mirada compartimos acciones concretas en los estados de Oaxaca y Chiapas sobre cómo estamos territorializando la soberanía alimentaria desde prácticas feministas.

Chiapas: surcos feministas en la academia

En Chiapas, desde hace seis años, conformamos la Red de Creadoras Investigadoras y Activistas Sociales, y desde hace dos años participamos en la Alianza de Mujeres en Agroecología. A través de estos colectivos procuramos la gestión y colaboración para crear espacios de discusión y construcción colectiva, vinculados con el feminismo y la agroecología en San Cristóbal de Las Casas, como talleres, foros, conversatorios y cursos de sensibilización en género y miradas feministas para la investigación. Aprovechamos el encuentro entre estudiantes, investigadoras e investigadores, campesinas y campesinos, para la reflexión y análisis conjunto sobre aspectos que tienen que ver con desigualdades por género, clase y etnia en la agricultura, en la academia y en las asambleas comunitarias; las distintas formas en las que se expresan la violencia de género, la discriminación y la exclusión; la sobrecarga de trabajo para las mujeres al tener que realizar trabajo de cuidado y trabajo productivo en todos los ámbitos de la vida social, entre otros temas. Asimismo, comenzamos a impulsar la sistematización y difusión de lo que producimos en otros formatos artísticos y audiovisuales, lo que nos permitió comenzar a diseñar metodologías feministas para abordar la agroecología.

Sembrar la ética del cuidado en los territorios
Hemos observado que un elemento clave para la territorialización desde una práctica feminista en estos espacios de discusión y construcción de agroecología y soberanía alimentaria es la ética del cuidado, que reconoce que no somos solo seres productivos, que requerimos cuidado y somos capaces de otorgarlo, pero que debemos hacerlo en reciprocidad, generando condiciones para que el cuidado sea una práctica común, colectiva y distribuida de manera justa entre los géneros y generaciones.

En ese sentido procuramos el cuidado en los espacios agroecológicos con los que colaboramos, como los huertos, las asambleas, los foros y talleres. Además, nombramos y reconocemos a quienes realizan –y quienes realizamos– acciones como dinámicas de integración y convivencia, gestión y promoción de alimentos saludables, actividades de limpieza y mantenimiento de las aulas, los huertos y la milpa, condiciones de seguridad para quienes asisten a los eventos, entre otras.

La valoración de estos gestos de cuidado impulsa otros procesos organizativos a mediano y largo plazos, y fortalece las redes de cooperación. Cuando la agroecología se vincula al gozo y a la creatividad, y se gestiona el sentipensar para compartir experiencias fuera de las aulas, se generan aprendizajes significativos entre las personas y con los territorios.

También encontramos que el desarrollo de metodologías participativas y de educación popular desde la teoría feminista es crucial para analizar los sistemas alimentarios, pues favorece procesos en los que se da lugar al ánimo, energía, esperanza, creatividad, juego, baile y arte para que se muevan los cuerpos y las consciencias, y así se fortalecen los mensajes en torno a la valoración del cuidado de la vida y de la soberanía alimentaria. Sentipensar es dar lugar también a la indignación, la rabia, el reconocimiento del dolor, la tristeza y la incertidumbre que genera la afectación sobre los territorios, con el propósito de gestionarlos y transformarlos en acciones políticas colectivas; por ello es imprescindible para la movilización y apropiación del territorio, pues se crean estrategias para gestionar espacios y comenzar a sembrar alimentos, experiencias y conocimientos.

Oaxaca: cosechando soberanía alimentaria a través de las mujeres pescadoras

Un territorio que se cuida reconoce las necesidades de las personas y del entorno. En Oaxaca, una experiencia significativa de territorialización de soberanía alimentaria y práctica feminista ocurre en torno a la pesca que realizan mujeres en San Miguel Chimalapa, experiencia que se viene investigando desde 2014 en relación con las afectaciones ambientales y la conservación comunitaria en la región del istmo de Tehuantepec, tomando en cuenta los procesos organizativos de las comunidades. La soberanía alimentaria comienza con el territorio-cuerpo pues la alimentación es un proceso vital, necesario y constituye un derecho. La valoración de la gestión, abastecimiento y preparación de la alimentación es imprescindible pues significa “poner el cuerpo” en su dimensión integral para movilizar energías, ideas, volverlo material y compartirlo.

Las mujeres que pescan realizan la apropiación del territorio también en colectivo, ya que se encuentran, acompañan y tejen redes de apoyo mutuo para pescar, procurando tiempos para el cuidado y la cohesión social, pues regularmente van a pescar con sus hijas e hijos, familia y amistades, y así también garantizan en conjunto la alimentación. Sus prácticas procuran el territorio privilegiando la convivencia y el sentir, pues son un espacio y tiempo para reír, disfrutar, nadar y compartir recetas. A su vez, se valoran aspectos no cuantificables ni monetarios como los afectos, las sensaciones y las vivencias que nutren la vida en sus territorios. La soberanía alimentaria se cosecha también desde la sororidad y la resistencia a la exclusión y la violencia, ya que en la pesca las mujeres se reivindican como actoras clave, a través de la ocupación de espacios regularmente considerados para varones por estar en lo público y no en lo doméstico, como ocurre en los ríos del territorio.

Prácticas feministas para la soberanía alimentaria

A través de estos aprendizajes, conocimientos y experiencias, proponemos claves para la territorialización de la soberanía alimentaria desde una mirada agroecológica feminista, haciendo énfasis en sentipensar el territorio como espacio vivido y como proyecto político a favor de la sostenibilidad de la vida que se hace tangible en el hacer cotidiano.

En ese sentido, en primer lugar, reconocemos y sostenemos que las mujeres nutrimos teórica y prácticamente a la agroecología y a la soberanía alimentaria a través de nuestras experiencias y trabajos, que no están separados del conjunto de elementos que dan forma a la sociedad, la economía, la cultura y la política.

En segundo lugar, reiteramos la reproducción social y el cuidado como elementos fundamentales en la conformación de los sistemas alimentarios y en los procesos que hacen posible la agroecología, dado que regularmente se aborda comenzando por la dimensión productiva. Sin embargo, consideramos el potencial de la reproducción como terreno de lucha en donde convergen la práctica feminista y la agroecológica, pues implica el trabajo de cuidado, la dimensión afectiva y la corporal cuya regeneración hacen posible las personas y otros seres vivos como los animales, las semillas, los insectos, los cultivos e, incluso, los ciclos bioquímicos.

En tercer lugar, la práctica feminista reconoce que lo personal es político y busca relaciones justas y equitativas entre los géneros; por lo tanto, la soberanía alimentaria también debe sentirse y vivirse en los distintos cuerpos-territorios-tierra.

Consideraciones finales

Territorializar la soberanía alimentaria implica necesariamente hilar el feminismo y la agroecología como práctica, teoría y política. A la vez, requiere trascender la mirada patriarcal, que es limitada al considerar la producción y solo visibilizar al campesinado o a actores masculinizados, dejando de lado la reproducción social y la importancia de las mujeres en la conformación de los territorios. Las mujeres continuamos tejiendo el territorio y la soberanía alimentaria, poniendo el cuerpo a través de acciones en las que es tan importante la técnica agroecológica como la defensa de la tierra y el fin de las distintas formas de violencia contra nuestros cuerpos y territorios. Por ello resulta imprescindible romper el silencio ante las injusticias y frenar las desigualdades basadas en las opresiones de género, clase y etnia persistentes en las distintas sociedades y en los procesos agroecológicos. A su vez, requiere trabajar tanto en las técnicas agroecológicas como en la construcción de relaciones más justas entre productoras/productores y consumidoras/consumidores a través de un replanteamiento sobre la importancia de la reproducción y el cuidado.

Consideramos necesario continuar dialogando sobre la territorialización de la soberanía alimentaria desde prácticas feministas, considerando también las distintas realidades que se viven en los territorios diversos. A su vez, ponemos énfasis en la importancia de que se continúe valorando y visibilizando la construcción de conocimientos a través de la relación campesina a campesina, agroecóloga a agroecóloga (además de lo que ya se hace al considerar a los varones en estos procesos), con ánimo de potenciar la integralidad de miradas y sentires que permitan compartir y generar estrategias de lucha para defendernos, cuidarnos y disfrutar de todo aquello que construimos a favor de la sostenibilidad de la vida y la soberanía en su dimensión territorio-cuerpo-tierra.

Diana Lilia Trevilla Espinal
Feminista ecologista, antirracista, candidata a doctora en Ciencias en Ecología y Desarrollo Sustentable, El Colegio de la Frontera Sur.
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Ivett Peña Azcona
Agroecóloga indígena zapoteca, candidata a doctora en Ciencias en Ecología y Desarrollo Sustentable, El Colegio de la Frontera Sur.
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Referencias

  • Cabnal, L. (2010). Acercamiento a la construcción de la propuesta de pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala. En ACSUR-Las Segovias. (Coord.). Feminismos diversos: feminismo comunitario. Madrid: ACSUR.
  • Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo (2017). (Re)patriarcalización de los territorios. La lucha de las mujeres y los megaproyectos extractivos. Ecología Política 54, pp. 65-69.
  • Haesbaert, C. R. (2011). El mito de la desterritorialización: del “fin de los territorios” a la multiterritorialidad. Madrid: Siglo XXI.
  • Trevilla, D. y Peña, I. (2019). Apuntes (eco)feministas desde Abya Yala para la soberanía alimentaria. En Geografías de género y feminismos en y desde Latinoamérica (dossier), Boletín Geocrítica Latinoamericana, 2, pp. 77-84.